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Anhedonia Dos.Zero (abyecto)
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Blog Title: Anhedonia Dos.Zero (abyecto)

Cuentos erticos & bizarros

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Author: Marcelo Ceballos
Last update: 2007-05-10 13:54:00 GMT
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Xmas

Cae la nieve sobre el tejado. Las ventanas están empañadas. Cae la nieve sobre el tejado y luego se desliza sobre las paredes. El techo es alto. Demasiado alto. No alcanza a llegar a la araña de cristal. Extiende la mano. La mano se pierde en la altura. El techo es alto. Cae la nieve sobre la acera de la calle y se amontona. Se vuelve gris con el tiempo. Junta mugre, una mugre fea por que es gris. No le gusta el gris. Nunca le gustó. Prefiere el azul o el amarillo. Antes le gustaba el colorado, ya no. Cae la nieve sobre el auto de papá. Cae despacio y se amontona. En el asiento trasero olvidó el gameboy y está aburrido. La siesta se hace eterna bajo la nieve. Las llaves del auto están en la pieza de papá. Papá está durmiendo. El auto está cerrado y tiene que quedarse sentado, aburrido, mirando por la ventana como el auto se va cubriendo de nieve. El gameboy en el asiento de atrás. Junto a la mochila del colegio.
Cae la lluvia sobre el techo de cinc y se va juntando en la canaleta. Cae la lluvia, se llenan las zanjas. A la noche los sapos van a dar vuelta por todo el patio. El pasto esta alto. Cae la lluvia y va formando charquitos. La pileta rebalsa. El agua podrida rebalsa y se mezcla con el agua de lluvia. La pelota de plástico se está pudriendo en el patio. Las palmeras se mueven. Cae la lluvia pero la bicicleta está en el cuartito y no se moja. Tiene la rueda de adelante desinflada y se le cortaron los frenos.
Cae la lluvia y no salen las chicharras. El paraíso del frente se inclina hacia el costado y amenaza con quebrarse. El viento lo mueve. Sobre la zanja flota una botella de plástico sin etiqueta. Cae la lluvia sobre el techo de cinc y se va juntando en las canaletas. Es una siesta aburrida. La calle está embarrada y el heladero no pasa.
Do you like xmas? - I guess I do. - So, perhaps tomorrow you'd got a present. Who knows… maybe Santa would let you a new video game - I want an ice cream. - An ice cream? I don't think so. - Quiero un helado.
La mesa esta lista. Están puestos los vasos. El mantel de color verde y rojo. Los platos. La mesa es chiquita y hay lugar para cuatro.
¿Papá, vamos a ir a comprar cohetes?. - I don't think so. Don´t you realize the people doesn't used to play with fireworks at Christmas?. Yo quiero cohetes. No le importa. El quiere cohetes. He wants his firecrackers. He would shot them off at midnight when all the people say Feliz Navidad.
Papá. Por favor. No hay cohetes acá, ¿no te das cuenta?.
La mesa esta lista. Están puestos los vasos. La mesa es chiquita y hay lugar para cuatro. Se acuerda del gameboy que olvidó en el auto. Le pide las llaves al padre y lo trae de vuelta. Está en el level 5 y con dos días más de práctica seguramente llegará a la final. Dirá game over y el se aburrirá del juego. Lo dejará tirado en el cajón junto a las Mad y los micromachines.
El viejo paraíso está seco. El sol salió de golpe con furia y se llevó la lluvia. La tierra está mojada todavía un poco. El frasco de mayonesa está vacío. El sol salió de golpe y se llevó la lluvia. La tierra está mojada, pero muy poquito. La tierra está repleta de aujeritos. El sol salió y se llevó la lluvia y dejó la tierra seca. El frasco de mayonesa se va llenando de a poco. Se llena de bichos. De pequeños bichos. Bichos chiquitos que salen de los aujeritos del piso. Son unos bichitos negritos que cantan y te avisan que ya es temporada de sandías. Sandías como el melón, si, pero rosadas. Melón de agua, sí. Guatermelon.
El sol salió de golpe y se llevó a la lluvia y dejó la tierra seca para que salgan las chicharras. Corren de un lado a otro y el frasco se llena. El juego aburre. Ya ni siquiera cuentan las chicharras que van entrando en el frasquito y después lo dejan. Lo apoyan despacito junto al tronco del paraíso y corren al quiosco a comprar los cohetes. El año pasado les vino dos cañitas falladas. No voy a comprar chasquibum por que es para los más chiquitos. Rompeportones, esos sí y cañitas voladoras. Muchas cañitas. ¿No vienen falladas, no?. El año pasado me vinieron dos falladas.
La mesa está lista. Están puestos los vasos. El mantel rojo y verde. La mesa es chiquita y hay lugar para cuatro. Tengo hambre, papá. Hay que esperar a Fane. You´ve to wait. Está en el level 5. Con un poco de práctica seguramente llegará a la final. Dirá game over. Pero mañana cuando se levante Santa le habrá dejado un nuevo juego y todo empezará de vuelta hasta el 6 de enero. La mesa está lista y hay que esperar a Fane. La araña de cristal está encendida. El techo es alto. Demasiado alto. Extiende la mano pero no llega. Afuera la nieve cubrió por completo el auto de papá. El auto azul de papá ahora es blanco por que la nieve es nueva. Cae la nieve. Cae sobre el tejado y se desliza sobre las paredes. Afuera las luces pintan el auto de papá. Ahora es rojo por que lo pintan las luces. Cae la nieve y se empañan las ventanas. La mesa está lista y hay lugar para cuatro.
El sol salió y se llevó a la lluvia y dejó la tierra seca para que salgan las chicharras. Las chicharras están presas en el frasco de mayonesa que custodia el paraíso. Se van ahogando despacito porque se olvidaron de hacerle los aujeros a la tapa. El sol salió y se llevó la lluvia y después volvió a ocultarse. Esta me vino fallada de vuelta. No puede ser. No le voy a comprar más al viejo de la esquina. Son todas truchas.
Los sapos andan dando vuelta por ahí. Espantados por los cohetes. Un sapo explota. No se movió de al lado del rompeportón y explota. El sol salió y se llevó la lluvia y trajo a la noche y volvió a ocultarse.
Las chicharras se están ahogando y esta cañita por fin no vino fallada. Están húmedas, dejalas que se sequen.
La mesa esta lista. Están puestos los platos. Hay que esperar a Fane. Está en el level 6. Con un poco de práctica en dos días lo termina. Pero lo aburre. La mesa es chiquita y hay lugar para cuatro. El mantel es rojo y verde y papá estoy aburrido, ¿puedo salir afuera?. Cae la nieve pero poquito. Cae despacio. Arma una bola con la nieve. El pullover le molesta. Pica la lana nueva. Arma una bola con la nieve y la tira contra la rueda del auto. El auto de papá esta pintado de rojo porque lo pintan las luces de navidad. Oye a lo lejos un diálogo imposible. Sonríe y araña la nieve. Oye un diálogo imposible mientras se acuerda de las bolitas de vidrio que olvidó en el escondite. Cae la nieve pero poquito. Cae despacio. La mesa está lista. Hay que esperar a Fane. La mesa es chiquita y hay lugar para cuatro.
El sol salió y se llevó la lluvia y trajo la noche y volvió a ocultarse. El viento sopla. Llega la brisa del oeste. Las chicharras se están ahogando en el paraíso. Un sapo explota. El frasco de mayonesa está lleno de chicharras que se ahogan porque se olvidaron de hacerle los aujeritos a la tapa. El sol salió y se llevó la lluvia y después volvió a ocultarse. El viento agita al viejo paraíso. Una cañita asciende pero no explota. Cae al piso. Vino fallada. El viento sopla. Voy a comprar más cohetes antes de que cierren. No más cañitas. Rompeportones, sí y chasquibum para mi hermanito. Llega la brisa del oeste y desaparece y deja al paraíso tranquilo custodiando a las chicharras. Las chicharras se están ahogando y nadie sacó la tapa. Estaban húmedas. Son todas truchas. No le voy a comprar más al viejo de la esquina. El sol salió y se llevó la lluvia y trajo la noche.
Hay que esperar a Fane. La mesa esta lista. Están puestos los vasos. La mesa es chiquita y hay lugar para cuatro. Pica la lana nueva. Cae la nieve pero poquito. Cae despacio. El pullover nuevo le molesta. Desde la ventana papá esta observando. La mesa está lista. Hay que esperar a Fane. Cae despacio. El auto de papá ahora es blanco por que la nieve es nueva. Escarba silenciosamente. Escarba furioso, sorprendido. Cae despacio. Se saca los guantes. El frío lacera. Cae la nieve pero poquito. Las manos se insertan en la insoportable nieve. Cae despacio. Escruta el hielo. Las manos queman. No entiende, por qué en la nieve de Vermont no quieren salir las chicharras.



Las Moscas.

Las Moscas.

Plan Be: Una vez abierto consumir dentro del lapso indicado. Consumir preferentemente antes de la fecha de vencimiento. Y desechar lo no consumido antes de la fecha de vencimiento.Consumir preferentemente antes del 12 de diciembre. No dejar que la leche se pudra

Receta Moloko: Ponga la leche en el fuego a esperar que hierva. Cuando la leche esté lista (nótese cuando hace burbujas y está a punto de salir de la jarra) agréguele 20 gramos de Cannabis y revuelva durante 5 minutos.
Cuando la leche se espesa quiere decir que está a punto. Agregue azúcar a gusto y tome media taza, un vasito de moloko como máximo.
Luego vaya al cine. Pase por el Gaumont. Ahí estan pasando una pelicula hecha en San Telmo. En Chile 672. Hay pedofilia. Suicidio. Asesinato. Curros. Putas. Locas & viejas. Hay de todo un poco.
Una vez abierto el sachet de leche debe consumirse en 24hs, 36 como máximo. Luego se cuaja. La leche se cuaja a una temperatura de 30-37° C. Luego se llena de moscas. Las moscas son demasiado molestas. Incluso de día. Pero es cuando llega la noche que se vuelven insoportables. Es en ese momento en el que hay que encender un cigarrillo e intentar ahogarlas con el humo.

A veces esto no funciona. Hay ciestas moscas que son inmunes a todo, incluso al intoxicante humo de los cigarrillos negros. Y se quedán ahí revoloteando, posándose en todo con sus patas embadurnadas de mierda. Y todo lo que tocan se convierte en mierda. Las moscas son como el Rey midas. Van posando sus patitas embadurnadas sobre lo que encuentran y al instante lo convierten en mierda. Y la leche cuajada se lleno de moho. Pronta a ser queso embadurnado de mierda via aérea flyshit.

Importante: no quedar paralizado. Hay que lograr evitarlas. Si las moscas se las ingenian para tocarlo. Para mancharlo con sus patas embadurnadas de mierda, corra rápido al baño a lavarse.
El trauma que pueden producirle las moscas es irreversible.

En el cine se ha descompuesto el aire acondicionado. Entonces nos toca ver la pelicula sudando, mientras reconozco lugares de San Telmo que frecuento de manera cotidiana. Y no puedo dejar de pensar que todo se trata de una paranoia gigante.

La combi-transporte de escolares doble por Chile & Balcarce y va por Balcarce hasta un descampado. Para que la nena le chupe la pija al portero del edificio. Mientras dos viejas incomodas hacen viento con el programa para sofocar el calor.


Advertencia: no quedar dormido luego del moloko en plena habitación sin ventilación. El calor hace que la leche se cuaje. Cuando la temperatura asciende a más de 30º hay peligro de que la leche se descomponga, atraiga a las moscas. Cuando algo se cuaja vienen las moscas.
No dejar que la leche moloko se cuaje. Si llegase a quedarse dormido junto a a la leche cuajada no olvide evitar que las moscas coloquen huevos en su cuerpo y lo utilicen como incubadora. Que florezcan los huevos y que un día reviente y este lleno de parásitos de mosca dando vueltas en su estómago.
A ud puede resultarle absurdo temerle a las moscas. Pensar que pueden incubar en su estómago hasta volverlo un globo y luego explotar como si fuera Alien. Pero es así. Y no puede evitarlo. Las moscas por necesidad buscan lugar donde alojarse. Eligen lo podrido, lo que no tiene punto de retorno.

Muchas veces es frecuente que las moscas reconozcan el temor humano. Esto es peligroso puesto que pueden ejercer sobre ud un dominio absoluto y llegar en caso extremo a neutralizarlo. Anularlo y utilizar su cuerpo como incubadora.

Por eso cuando llega la noche encienda un cigarrillo negro y trate de ahogarlas. Si siente que es iníutil, que las moscas desafían su autoridad, no lo dude: es muy problable que esten esperando que las mate. Que tome el matamoscas y las aplaste. Una por una. Pero no se anime. Es muy probable que al matar a una el resto se confabule en contra suya. Buscaran anularlo y utilizar su estómago como incubadora. Si esto sucede, existen escasas posibilidades de que pueda deshacerse de ellas. Si esto llegara a pasarle. Si algún día las moscas se decidieran a meterse en su cuerpo. Pero esto no va a suceder siempre y cuando ud no se quede dormido luego del moloko en plena habitación sin ventilación.

Encienda el aire acondicionado. No olvide cerrar la puerta-balcón y siéntese en el sofá a beber su moloko y luego vaya al cine. Vea Chile 672 y luego vuelva a su casa. Sientese en la mesa y observe a las moscas copulando sobre ella. Ejerciendo ese acto repulsivo sobre su mesa. Sobre la misma mesa en la que luego ud comerá. Y es inútil. No lo intente, por más que las espante ellas volverán. A reproducirse. A burlarse de ud en su cara. A copular de manera licenciosa sobre la madera de caoba. Sobre la madera donde luego ud acabará por tomar el desayuno o la cena.

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CHEJOV


La camisa era de color rosada. Un rosa tiza. A rayitas y con unos extraños botones blancos diminutos. L se colocó la camisa, le quedaba grande. Le colgaba en los brazos y alcanzaba a cubrir la mitad de sus muslos.

- ¿Te gusta?

Sonreía embobada. La idea de usar la camisa la volvía radiante. Parecía contenta. Como si afirmara su propiedad. A él le parecía muy cursi. Como sacado de una película de Woody Allen donde Diane Keaton usa una camisa celeste de hombre mientras fuman un cigarrillo de marihuana y hablan de Las gaviotas de Chejov.

- ¿Te gusta?. Repitió mientras saltaba en el colchón, se ponía de rodillas y le daba un beso.

No contestó. Simplemente sonrió. Le acarició la cara y la besó. En la radio algún desconocido agotaba la última estupidez de moda. Le acarició la cara y el pelo y la abrazó. La abrazó mientras miraba la mancha celeste de tiza. Una leve marca en el brazo derecho. Insignificante. Quizá la mancha no salga, pensó.

- ¿Querés que me la saque?
- No, ¿por qué me preguntas eso?
- No sé. Por ahí te molesta, que se yo.
- No, nada que ver.

La abrazó y le dio un beso profundo. Metió su lengua en la boca de L y le dio un beso profundo. Ella lo abrazaba. Lo rodeaba con los brazos mientras le besaba el cuello y repetía infinitamente: te quiero.

- ¿No te vas a aburrir de mi no?
- No, para nada.
- Porque no quiero que te aburras. Que pienses que soy demasiado pesada.
- No, me encanta, enserio. Me gustas mucho
- Sos re lindo
- Vos sos hermosa.

Volvió a mirar la mancha de tiza celeste en la camisa y recordó que la había lavado. Se había manchado con el taco del pool pero la había lavado. Sin embargo la mancha seguía ahí. Molestando.
Quizá la mancha no salga, pensó.

- Me encanta tu camisa
- ¿Es linda no?
- Es muy linda, en verdad.

Fue al baño. Cuando volvió ella ya se había cambiado. Había dejado la camisa sobre la cama y se había puesto un pantaloncito y una musculosa amarilla. Estaba cocinando. Se acercó y la abrazó. Le dio un beso en la mejilla y le acarició el pelo. Los perros rasgaban la puerta. Estaban excitados. Ladraban porque querían entrar. Ahora les llevo la comida, gritó L como si los perros la entendieran.
Pero hay que esperar a que se enfríe. La miraba desde la mesa. Sentado frente al ventilador tratando de escapar del calor. Era una mancha pequeña. Un leve trazo sobre el brazo derecho. Pero la había lavado y no salía.

- ¿Que querés comer?
- No sé. Cualquier cosa amor. Lo que vos quieras.

Hace mucho calor y la casa es chica. Demasiado chica y abierta. Los espacios abiertos cuando son chicos y están todos conectados te deprimen. El lugar es feo. Demasiado abierto también. Con pocas casas alrededor. Y calles sin asfalto. Busca un teléfono. Estuvo pensando en un teléfono durante todo el recorrido. El colectivo iba perdiéndose en la nada. En lo que para él representaba a la nada. Y a medida que avanzaba los espacios abiertos aumentaban. Los colores se reducían y el asfalto desaparecía.
La ubicación es importante, pensó. La soledad es importante. Pero la soledad acompañada. La extensión lo abrumaba. La imposibilidad de reconocer los espacios a su alrededor. Nunca había llegado hasta esa zona de la ciudad. Nunca había traspasado los límites de las avenidas más importantes.
El colectivo avanza. Y a medida que se aleja del centro de la ciudad uno percibe el retroceso. El colectivo avanza en línea recta aunque el recorrido no es lineal. Gira a la derecha cada 10 o 12 cuadras y sin embargo avanza en línea recta pero hacia la nada. El retroceso. Lo abruma comprobar como desaparece el asfalto. Como la ventanilla se va cubriendo de tierra y los colores desaparecen. La vista se vuelve monótona. Los espacios se ensanchan. A medida que el colectivo avanza y los colores se vuelven monótonos las distancias entre las casas son cada vez mayores. O carecen de infraestructura. El verde agobia. La superioridad del verde sobre el gris del cemento. Los colores tristes. Un marrón gastado, un rojo tiza.
El terreno es un caos. Carece de simetría. No existen las veredas y las puertas de las casas están colocadas a una distancia antojadiza. Y lo peor son las esquinas. Los espacios vacíos. El verde cargado de ausencia. El pasto crecido. Los yuyales asimétricos. Es un paisaje que molesta. La pobreza es triste. Es dispar y asimétrica. El caos que se engendra en la pobreza es abismal. Los espacios abiertos adoptan la forma que el contexto le permite. Y la necesidad residual va construyendo diferentes estructuras.
El colectivo avanza y él se pierde en el caos. Intenta recordar el recorrido pero el caos lo abruma. Le gustaría saber cuál es el punto preciso en el que termina la ciudad y empieza el vacío. Cual de todos los vértices que atraviesa marca el límite donde la ciudad se difuma y surge lo otro. Lo inabarcable. Lo impreciso.

- Me encantaría sacarte una foto, así desnuda.
- ¿En serio?
- Sí. Me encantan las espaldas desnudas. El contorno de las espaldas. No sé si conoces esas pinturas de mujeres desnudas...
- Puede ser
- Bueno … en ninguna se puede ver la cara. Solo el contorno de las espaldas. Espaldas impuras. Marcadas con pequeñas manchas casi imperceptibles.
- …
- Vos tenés una espalda muy linda.
- Gracias.



Cuando bajaron del colectivo advirtió que estaba en medio de la nada. En el culo del mundo, pensó. No tuvo que caminar demasiado, a treinta metros de la parada estaba la casa de L. Un portón de rejas azules, demasiado viejo, que había que empujar varias veces con fuerza para que cediera. Una casa pequeña y destruida en medio de un patio crecido. El mismo yuyal asimétrico que se repite en casi todos los espacios. Un par de perros cruza que ladraban insoportablemente. L abre el portón y ya los perros se le suben encima. Le rasguñan los muslos y los brazos. El trata de espantarlos. Los perros dan vueltas a su alrededor pero no saltan. No se animan a clavarle las uñas. El se enorgullece del poder que ejerce sobre los perros. N grita un par de veces pero los perros siguen dando vueltas a su alrededor mientras ella coloca el candado sobre la cadena luego que él ha empujado el portón de hierro varias veces para que se cierre. Y mientras L abre la puerta de la casa él evita que los perros ingresen. Escruta el lugar con extrañeza y evita que los perros ingresen.

- ¿A quien saliste tan linda?
- No sé. A mi mamá supongo (risa). No, mentira.
- Sos tan linda (sonrisa)
- (sonrisa ) Que comprador que sos

Notó que en la habitación no se sentía tan mal como en la cocina. No existía ese desorden de la ropa tirada en cualquier lado de la cocina - comedor - habitación. Esas dos camas repletas de ropa muy cerca de la mesa donde estaban comiendo lo habían deprimido. Parece una tontería pero es así. El desorden. La ropa tirada en cualquier lado. Lo ponía triste. Y sin embargo en la habitación se sentía bien. L lo abrazaba y le contaba cosas. El estaba distraído. Cerraba los ojos y trataba de escuchar lo que L decía pero la mayoría de las palabras se perdían en el ambiente. L habla. Habla sin parar. De cualquier cosa.
El esta distraído. Tiene los ojos cerrados. La abraza. L habla. Habla sin parar. El piensa en el sur. En una cabaña junto al lago. En la pesca con mosca. Limpiar las truchas. Piensa. Mientras L habla de algo que él pronto olvida. Piensa en una cabaña junto al lago. El calor de la chimenea. L habla de algo. Piensa en el sur.

- Que calor. Está pesado el tiempo
- ¿Querés que mueva el ventilador?, Por ahí no te da bien.
- No, esta bien dejalo ahí.

Le gustaría sacarla de ahí. Del caos de los yuyales asimétricos. De los espacios vacíos. Le gustaría llevarla bien lejos. A un lugar donde se sintiera cómoda. Donde él se sintiera cómodo. Luego piensa si no esta siendo demasiado egoísta. A ella parece no molestarle vivir en medio del caos. Le parece normal. No pide mucho. Solo que la cuide y no se aburra de ella. Pero el caos, dios mío. Cómo puede soportarlo. Y el calor. Es insoportable el calor. A él se le antoja que ahí hace más calor que en el resto de la ciudad. Como sí ese vértice perdido, el barrio más alejado de la ciudad, fuera un invernadero. Y el calor pareciera no reciclarse. Nunca.

- No te vas a aburrir de mí, ¿no cierto?
- No, te lo prometo.

Cuando L abrió la puerta de la casa fue como un golpe. Lo invadió la desdicha al reparar en el hecho de que la casa fuera tan triste. Tan chica y triste. La abrió despacio mientras él evitaba que los perros ingresaran. Entró de espaldas y cerró la puerta con tranca. Dio media vuelta y ahí estaba todo. La cocina junto a la puerta. A ambas puertas. La puerta que daba al patio y la puerta que acababa de cerrar. Un poco más allá estaba la mesa y el escritorio y la alacena, todo junto. Y los fideos se mezclaban con champúes y jabones. Un reloj junto a la harina marcaba las 7:30 pm. Un polvo veritas color rosa y un par de paquetes de yerba y harina.

- No comés más?
- No, no puedo.
- ….
- No me mires así.
- ¿No te gustó?
- Sí, cómo no me va a gustar. Pasa que no tengo hambre. Es la resaca. Disculpame. Hiciste todo eso para mí.
- Sí.
- Perdoname. Ahora va a sobrar todo.

Hubiera sido mejor avisar cuando todavía había teléfono. No veo un puto teléfono. Solo tierra y pasto verde. Verde crecido. Paisajes dispares. Molestos. El asfalto desaparece y surgen los espacios vacíos. Molestos. La falta de organización en un acoso. Una lesión. El caos asimétrico resulta insoportable. Parece estúpido que algo tan tonto le parezca importante. Que se preocupe por algo tan insignificante como la asimetría de los espacios. La falta de continuidad de las calles. Acaso es un despropósito pensar así. Muy hijo de puta. Pobre L. Ella se empeña en hacerlo todo para que me sienta bien.

- Contame un cuento así me duermo
- ¿Un cuento?
- Si
- Que clase de cuento
- No sé, cualquier cosa.
- Pero qué. Decime algo. No me sale nada así como así. Necesito una idea al menos..
- Que se yo. Algo que me ayude a dormir.
- Ahá.

¿Dónde termina el mundo? Se pregunta. ¿Dónde comienza el caos? ¿Al pasar la avenida? ¿Cuál es el punto preciso donde convergen? ¿Dónde está la frontera? Lo ignora. Le gustaría saberlo. Pero lo ignora. Le gustaría agarrar un mapa y marcar el punto preciso donde se encuentra. Preguntarle a L. Marcarle donde esta su casa y la distancia que hay entre ellas. Le gustaría agarrar el mapa y trazar un límite. Dibujar la línea imaginaria donde el ser pesa.

- ¿Me vas a venir a visitar?
- Seguramente aunque no creo que pueda solo. Necesito venir cuatro o cinco veces hasta que aprenda.
- No es tan difícil.
- Pero si parece un laberinto roto. Porque no hacen un colectivo que no dé tantas vueltas. O no sé, un tren al menos.

El colectivo llega a la esquina, EL corre para alcanzarlo. No va a parar. Pero para. El colectivero se apiada de él y el colectivo para justo cuando ya dio media vuelta. Que suerte. Si no tendría que haber esperado media hora más. Paga el boleto y se sienta. El sol le da en la cara y cierra los ojos. Mejor, no hay mucho para ver. Juega con el boleto rosado del colectivo mientras cierra los ojos. Los colores de los boletos son casi un insulto al lugar, piensa. Amarillos, verdes y rosados fosforescentes. Demasiado alegre.

- Yo no sé como podes vivir toda la vida acá y no saber las calles.
- No sé. Yo soy medio tonto para estas cosas. Muy distraído. No presto atención.
- No es tan complicado. Sólo es cuestión de acostumbrarse.

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Cunnilingus



Entre vanguardia y sosiego cae la noche y Archie Sheep es un vástago perdido. Como un Caín andrajoso. Petulante. Que marca el ritmo de la distancia con un saxo espantoso. Cadavérico. Que suena a latoso y funesto. Cae la noche y yo me quejo de la puta que se olvidó su cartera el sábado en mi auto. Y no me dejó siquiera que le mostrara como hago el cunnilingus a cielo abierto. Metido entre sus piernas sin bragas. Acariciando con mi lengua erecta y pastosa la niebla de su espanto.

Te prometo mamita que te paso la lengua y se te hace agua ahí abajo y no podés decir que no si sabes lo que bueno. Te prometo que yo me quedo ahí un rato largo y no me quejo. Y vos poder menearte a cielo abierto mientras cae la noche. Que la brisa es gratis y yo aún tengo tiempo. Que si de amor se trata yo soy como un bebop sincero. Lento y conciso y hasta directo. A veces preciso sin perder las maneras. Que cuando mi lengua se atraviesa entre tus membranas y nervios recorrer tu espacio quiero sin perderme.

Pero la puta no es sincera y vacila. Y se pierde en un mar de dudas. Dice que no sabe si lo que digo es cierto. Que no sabe si creerme. Que ya esta cansada y no quiere caer de nuevo. Pero si sos boluda no es mi culpa. Yo solo quiero chuparte hasta el cansancio y decir luego. Mientras escucho a Joe Lovano que tu clítoris se sonrojaba al verme y jactarme al menos un instante de no ser tan funesto y pretencioso.

Le digo que tiene tiempo. Pero no mucho. Que tiene 5 minutos para responderme si le chupo o no la concha a cielo abierto entre dos sauces llorones y una luz de infierno. Y ella contesta que no sabe. Que no quiere caer de vuelta. Que esta cansada.

Yo vuelvo a cometer el mismo error de no fugarme. De insistir hasta el hartazgo. Cuando se muy bien que ella no quiere. Pero a mi me importa mierda que no quiera. Yo quiero ejercitar mi lengua y no perderme nuevamente. En la maraña solitaria de Callao y Corrientes al volver de madrugada. Solitario y Final. A mi casa de invierno donde Archie Sheep es un vástago perdido y Jackie McLean un swing perentorio.

Pasan los cinco minutos y yo quedo. Cansado de esperar mirando el cielo. Frente a su cara temblorosa y sin dueño. Y la observo durante veinte segundos sin decir cero. Y ella me observa también, Y se moja los labios. Me observa la bragueta del pantalón y se moja los labios. Traga saliva. Los ojos le brillan de desamparo. Me dice que si quiero me chupa la pija en un telo. Pero que abrirse de piernas, en medio de Palermo, con todos los autos doblando esa esquina ni en pedo. ¿Que te pensás que soy una puta?
Si, contesto. Eso pienso. Ella se queda en silencio. Encolerizada. Me dice que soy una mierda. Yo no pienso lo contrario. Le digo que tiene razón pero que eso no quita que quiera chuparle la concha en pleno Palermo.

La puta se baja del auto atolondrada, sin recoger su cartera. Se baja gritando las mismas frases tópicas que habré de escuchar luego. Que soy un animal estúpido. Un mierda sin sueños. Que no valgo para nada. A mi me importa mierda lo que diga.

Le grito antes de irme que olvidó su cartera. Y me río de ella mientras se pierde en la distancia. Gritando como una loca. Que le devuelva su cartera.

Entre vanguardia y sosiego se va la noche y Archie Sheep es un vástago perdido. Como un Caín andrajoso. Petulante. Que marca el ritmo de la distancia con un saxo espantoso. Doblo por Junín al fondo y me pierdo entre el mar de taxis detenidos frente a un semáforo cualquiera mientras Ernest Dawkins me masturba con Goldfinger.

A veces pienso que el jazz es un pobre consuelo.

Guacho (Mujer.Sexo.Pombero)

Guacho




Soy un guacho de mierda. Un guachito que engendró un esquizofrénico. Importante: para triunfar en la vida hay que simular no ser esquizo. A veces pienso eso de ser un guacho es una limitación agradable para no tener que verse con la responsabilidad. Sé. No soy de lo mejor. Sé, soy un proletario con ínfulas de burgués que retrocede infinitamente, esperanzado con la idea espantosa de triunfar en la vida.
Ahora que pienso, pienso que nunca leí: para triunfar en la vida. Pero debí hacerlo. Sos un pelotudo. Un guachito norteño. Un delirante melodramático.
¿Tanto duele ser? Tanto cuesta no ser. Un cobarde. Debiste de elegir. Preferiste ser. Un cobarde. Luego no quejarse. Hay que aguantarse. Que Perón viniera con los juguetes. Pero que el tren no llegara. Nunca. Que ahí ni el tren llegaba. Y vos aguardabas. Como un pelotudo. Que ese tren llegara. Y te conformaste con la idea de que el tren llegara. Perón. Y el movimiento constante. Edilicio. De una frugalidad sin tiempo.
Nunca pensé. Pensé que eso era lo correcto: la espera. Y aguardar con el disfraz del drama que el teléfono sonara. Sabiendo, sabiendo perfectamente que el teléfono nunca iba a sonar. Porque la casa se hunde y nadie hace nada. Entones, ¿cuesta tanto no ser un cobarde?
El cliché del calor. El norte. En el norte el calor se hace agua. Se derrite el helado. La manguera está muy buena para meterse por el ano, y aguardar que la descarga desproporcional del chorro de agua me penetre. A ver si por un instante me dejo ser. Y el goce, que es vivencial, que cuando las lajas calientes me queman las yemas del pie, me éxito de pensar que no soy otra cosa que un maldito bastardo.
No me voy a olvidar nunca. Repite el melodrama. No me voy a olvidar nunca. Que el maldito engendro esquizofrénico osara recordarme, eso de que soy un guachito de mierda olvidado en el norte. En un pueblo tercermundista, subdesarrollado.
Dicen que el maldito de volver iba a volver en un avión negro. Negro como los negros de mierda que iban a esperarlo. Que de volver traería el maná y todos felices.
Pero nunca volvió. Entonces tuviste que quedarte esperando. Y te jodiste, como todos.

A la Turra la trajeron de prepo en medio del verano. Se le había muerto la madre y ya nadie que quiera hacerse cargo. La madre que la parió y luego se muere. Y la intrusa que entonces la echa in the cesto. Dicen que el pombero se le aparece en la siesta a la mujer que está sola, y cuando se agacha para recoger la ropa destendida en el suelo llega el pombero y la procrea para su mayor descendencia, y la mujer vuelve extrañada a encontrarse en la pieza con el radioteatro encendido mientras abuelito aún duerme la siesta de invierno.
La sin razón que grita un grito desproporcionado de estatus. Que se aglomera en el encéfalo raquídeo de un cuerpo mulato. Negroso casi sin culpa. Pero negroso al fin. Que no calla. Pero cesa de parir. Porque al pombero lleva caña una noche. Entonces la intrusa que descubre el echo y la destierra. Para llegar a la puerta de los Doldán, sudada y vestidita de luto. La matrona la recibe casi sin ganas pero la recibe al tiempo que vigila esas manitas rápidas para asear la ropa, que de tan rápidas quizá se confunden con algún gemelo, con algun pendiente de regalo.
La turra se quita el anillo. Único. De su madre que la parió ya muerta. Que la dejó en la nada de una perversa ajena. Y dele que te dele con la ropita hasta quedar bien limpia. Que el doctor ha de salir tempranito a visitar el enfermo.
El jodido judío asesino respondió el abuelito. Y Doldán volvió a mover la cabeza haciendo un gesto de reprobación. Mamita se apresuraba a servir el té. Pero el doctor apurado lo dejó para otra oportunidad. Apremia el tiempo mamita. Apremia. Y el doctor que se va sin despedir. Y el abuelito que delira bajo la parra amarillenta. Y las chicharras perversonas que se agrupan colectivas a esperar el asueto del sol para atacar a abuelito y agilizar el tránsito.
Cae una uva verde de la parra. Y ya el presagio. Hace que la turra haga una pausa en la tarea diaria para anunciar al vacío la muerte de abuelito. Pero cómo sabe. Mamita está encerrada en la habitación de servicio. No alcanza a escuchar el final del radioteatro. Y Doldán que no aparece. Y se hace de noche. La turra sigue silbando entradita la noche. Lo que le enseño el pombero antes que naciera.

A veces caigo en la cuenta de que no sirve de nada esperar. Pero sin embargo espero. Que el teléfono suene. Pero no suena. Entonces. Desde el letargo capitán. Me hago marinero. Y salgo a caminar hasta llegar a la plaza. Donde me siento y asiento en repetidas ocasiones que la mejor forma de suicidio es tirarse en las vías ni bien se aproxima el tren y estrellarse contra el vidrio delantero antes de que el guardia se de cuenta. Tarde. Porque no puede hacer nada. Escapar. Huir. Alejarse. Evadir. Rechazar. Claudicar. Eludir. Ausentar. Molestar. Advertir. Nada. Que la advertencia es tardía y el guardia ya no puede hacer nada. Que cuando los miembros se destrocen sobre las vías ya estoy arriba junto a Perón tocando el arpita que me prestó San Pedro.

Ausencia. (espalda mujer sexo)

Ausencia


Ahora que ella no está, insiste en hablar del pasado. Del tiempo en que sus ojos verdes se tornaban celestes cuando estaba celosa. Del pequeño desperfecto sobre el párpado derecho que la volvía extraña en un momento para luego resaltar en extenso su belleza. El corte de la cara que se transformaba de forma antojadiza. Para él, el rostro de L mutaba de manera infinita.

Estan acostado en la cama luego de un par de horas de locura y espalda arañada y él puede ver en la cara de L el reflejo de algo futuro. Algo malo, sin precisar. Como si fuera el plano de una película sueca previo a que se desate la tragedia. Como si no fuera nadie y todas al mismo tiempo. Presiente que va a generarse algo y que a él se le va a ir de las manos. Lo presiente y no hace nada en cambio. Se queda acostado en la cama mirando su espalda. El arco de su espalda. Y el continuo recuerdo de un cuadro de Dalí en el que Gala, de espaldas, mira desde una ventana hacía un campo extenso. Tan extenso que se vuelve inconmensurable. Su espalda desnuda se parece demasiado a la espalda de Gala. Esa espalda en la ventana que no sabe muy bien que significa pero que tiene una carga expresiva que abruma. Está ahí, inserta en la memoria para siempre.

Le da miedo la repetición. La repetición lo hace conciente de que algo no está bien. En algo está fallando. La vida cuando no hay crecimiento es un dejavu constante.

Pero L ya no está. Aunque reclame su presencia. Todo el entramado metafísico que encierra su recuerdo. La incapacidad. Ël cree que no existe el amor sino la ausencia. El deseo sublimado. La incapacidad. El vértigo resultante de la necesidad de sufrir la ausencia. De encontrarle un sentido arbitrario a eso de estar solo.

Están en la cama acostados, luego de follar durante dos horas. Todo fluye amistosamente y sin embargo se están perdiendo en un mar de niebla. Una niebla contagiosa que contaminaba los sentidos y los ausenta.


Una vez despertó y se vió a si mismo. Ella dormía sobre el costado de la pared y él boca abajo babeando la almohada. Y aunque no pudo distinguir su rostro, aunque no pudo ver los ojos cerrados del sueño, se vió en la cama junto a L durmiendo.
Pero él estaba pegado al techo y no podía escapar. E intentaba moverse pero no podía.
Empezó a desesperarse, como en esos sueños en los que quiere abrir los ojos y no puede. Y se levanta uno. Siente como el cuerpo vuelto un elástico se esfuerza por levantarse. Y abre la puerta. Va hasta el baño. Prende la luz. Pero no ve nada. Ensaya un grito. Y nada. Y el miedo a la muerte corre por las venas. Y la adrenalina se expande. Y nada. Y uno se arrastra e intenta gritar. Hasta que se despierta. Con miedo.

Le da miedo la repetición. La repetición lo hace consciente de que algo no esta bien. Que en algo está fallando. La vida cuando no hay crecimiento es un dejavu constante.

Al despertar ella le acarió la cara. Vació su mirada de contenido. Lo volvió vulnerable.
El mintió un poco. Jugó a ser el profeta literario de su tiempo. Exageró posiciones. Emuló recursos ya gastados en el tiempo. Azuzó actos que en realidad eran inútiles. Improvisó una teoría sobre el origen de la especie. Olvidó cerrar la puerta. Simuló ser un completo idiota.
La mujer lo continuó mirando con la misma cara de asombro que al comienzo y no tuvo otra posibilidad que acariciarle de nuevo la cara.
Lo buscó. Encontró su boca. Lo besó. Cerró los ojos un momento y pensó en que quedaba de él en su memoria. Buscó en vano escapar de la situación. Supo de antemano que se volvería rutina. Que no podría escapar del acto de acostarse con él. Supo que las distancias eran inabarcables. - Uno pretende siempre abarcar todo – Extendió su mano. Se engañó un instante con cierto desperfecto. Pensó en ceder. Pensó en la idea de aceptar por un momento el laberinto. Acostumbrarse. Negar la ausencia.

Pero es inútil el engaño. No existe tal ausencia.
Se colocó las medias. Ató sus zapatillas. Abrió la puerta.

Ella se va sin decir nada. Al despertar él comprueba que ya no está. Que se fue antes que se despertara y que en el lugar de su espalda dejó una nota:
Sos un boludo estructurado, ojala alguien te aguante.

Desaparece. Nunca vuelve.

Bukowski.



- Sos medio raro vos
- Lo sé.
Estaba sentado en el primer peldaño de la escalera con el pantalón a la altura de las tobillos y con el pene medio erecto. Atontado por el alcohol y junto a una mujer que no quería hacerlo porque no le venía la regla.
Se recostó en el piso frío de la casa vacía, pensando en las cuentas que había que pagar esa semana. Aun no habia logrado alquilar la casa.
- Esta casa esta maldita
- Dejá de decir pavadas.
- En serio. A esta casa le hicieron algo, ¿no sentís el frio alrededor del cuello?
- Pará, en serio te digo.
De abajo llegaban gemidos de la otra. Agotada de placer en su cuarto orgasmo. Gemía y gemía sin parar. El ambiente vacío generaba un eco que incrementaba los gemidos. Una dulce tortura que se metía en su cabeza y lo excitaba. Se la ponía bien dura. La sangre irrigaba su miembro a medida que escuchaba los gemidos. Se incrementaba y lo saturaba. Cuando la escuchaba a la otra que le hablaba se extinguía toda excitación. Gemidos. Más gemidos. La estaban pasando realmente bien. Se estaban divirtiendo ahí abajo mientras el no hacía nada. La escena le produjo risa. El fastidio le produjo risa. La impotencia de la situación le dio risa.
- Me pregunto que haría Bukowski en este momento.
- ¿Quién?
- Nadie.
- ¿Me odiás?. Después de esto no me vás a llamar más, ¿no cierto?
- Nada que ver.
La puteó en silencio mientras oía los gemidos que venían de abajo. La escena era realmente cómica. Abajo estaban follando mientras se preguntaba por que no estaba repitiendo él lo mismo. Se levantó en bolas y fue hasta el baño. Se metió los dedos en la garganta para vomitar, pero no pasó nada.
La náusea se mezclaba con el sopor que producía el alcohol fermentado, como si las moscas del estómago vomitaran su propia mierda y volvieran a posarse sobre ella. Sobrevolando las paredes del estómago, contaminando todo con sus putas patas y haciéndole cosquillas. Volvió como pudo hasta donde estaba ella y se recostó, mirando el techo.
- Me gustás, en serio. Te prometo que la primera vez que pueda lo hago con voz. Te lo prometo.
Le acariciaba la cabeza mientras repetía infinitamente la misma frase: Me gustás, en serio. El sólo se dejó estar, como un autómata. Escuchando a la otra mientras ella lo acariciaba. Trató de imaginar que la que lo acariciaba era la otra y no ella.
Y sin embargo estaba ahí. Lo real sucedía en ese preciso instante. La verdad era que se encontraba medio desnudo, recostado en el piso frío de la casa sin alquilar junto a alguien que no quería hacerlo porque no le venía la regla. Sólo a mí me pasan estas cosas se dijo, mientras trataba de forzarla a que tomara su pene y lo masturbara.
- Ahora dale un beso
- No. No quiero. Salí
- Dale. Dale un beso.
- Yo nunca le dí un beso a nadie
Mierda, pensó. A la mierda con todo. El alcohol lo estaba saturando y la idea de que el otro se estuviera divirtiendo mientras él trataba de consolarse con filosofía barata le parecía lo bastante absurdo como para que fuera real. Pero realmente estaba sucediendo. Se dijo que así funcionaban las cosas verdaderamente. Todo lo demás era pura literatura. Bukowski no siempre lograba ponerla, pensó. Al fin y al cabo todo servía para una mala historia. Al menos tendría algo que contar. Como si el propósito de que la puta se negara no fuera otro que forzar un relato.
- Sos medio raro vos
- Lo sé.
Lo había premeditado todo. Demasiado. Como siempre, todo lo que premeditaba acababa en el tacho de la basura. Se abalanzó sobre sus piernas y tiró fuertemente de sus botas.
- Hey, que mierda estas haciendo?
- Nada. Quiero ver una cosa nada más.
- Me estás lastimando. Pará
Continuó forcejeando mientras ella pataleaba. De abajo llegaban gemidos de la otra. Agotada de placer en su séptimo orgasmo. Gemía y gemía sin parar. La bota no quería ceder y él continuaba tirando.
- Pará que me duele. Pará, en serio te digo.
No le hizo caso. Estiró del cuero hasta llegar al talón. Al final la bota cedió y reveló su pie. Miró apresuradamente. Escrutó nervioso. Doblemente. Palpó detenidamente el pie izquierdo. Se recostó nuevamente. Ahora ya vestido y curado de la intriga. Se había engañado. El pie izquierdo estaba limpio, sin rastros de las alitas.
- Me lastimaste la pierna. ¿Para que me sacaste la bota?
- Nada. Para nada.
- ¿Me odiás, no cierto? Después de esto no me vas a llamar más.
- Sí, ¿Cómo no?.
- Vos me gustas en serio. Sos medio raro. Pero me gustás. Mucho.
No respondió. Intuyó que la puta esperaba una respuesta reciproca, pero no estaba en condiciones de otorgársela. De abajo sólo llegaban murmullos. Como si estuvieran conversando. Encendió un cigarrillo y cerró los ojos. Ya no se oían gemidos.
Sin embargo no podia dejar de pensar que Bukowski igual se la hubiera follado. Se hubiera abalanzado sobre sus piernas y le hubiera dado una paliza. Se la hubiera follado igual, por el culo. Pero la puta no quería por el culo y él no era Bukowski.

El hombre en cuestión.




El hombre en cuestión se despierta las 7, desayuna a las 7, sale a las 7 de su casa. Llega al trabajo a las 7 y enciende la notebook a las 7. Lee el diario a las 7, toma un café a las 7, sale a fumar un cigarrillo a las 7 y vuelve para controlar el correo a las 7.
Imprime formularios a las 7, evalúa hipotecas a las 7, intima a un par de residencias a las 7, se conecta al e-mule a las 7. Baja algún video porno a las 7, mira a través de la ventana a las 7, comprueba que el director no lo observa a las 7 y se dedica a las 7 a bajar tranquilamente zoofilia mientras le dice a la pareja que ingresa a su oficina a las 7 que no logran completar los requisitos para obtener el subsidio y las 7 los despide con una sonrisa afable esperando que sean las 5.
Cuando vuelve del trabajo se quita el saco lentamente, desata el nudo de la corbata y coloca la máscara en el recibidor, junto al sombrero funghi que sirve de adorno. Se saca los zapatos en la alfombra, acaricia al rotweiller y se dirige a la cocina mientras enciende un cigarrillo.
La mujer en cuestión lee revistas de cocina. Ve programas de cocina y pierde en tiempo en internet leyendo recetas de cocina. Cuando no tiene nada para hacer tira descuidadamente un cartón de leche en el piso de la cocina, llama a la sirvienta y la observa en una especie de trance antropológico mientras la sirvienta limpia con un trapo rejilla el piso de cerámicos ajedrezados de la cocina. La mujer en cuestión mientras tanto la analiza, indaga, pregunta y repregunta. Evalúa posibilidades y construye un ejercicio dialéctico sobre la libertad y el porvenir. Y cuando el trapo rejilla acaba por absorber toda la leche del cartón que la mujer en cuestión tiró accidentalmente en la cocina, aparece la angustia. Y el piso de cerámicos ajedrezados impoluto la abruma. Y decide alejarse un momento de la cocina, acercarse a la ventana y observar si de casualidad, el vecino nuevo llega más temprano.
El hombre en cuestión llega a su casa a las 5. La mujer en cuestión lo recibe con una sonrisa a las 5. Se sienta a la mesa a las 5 donde mastica la culpa y el miedo junto con un poco de mayonesa. Aplasta los huevos con el tenedor a las 5 mientras recuerda los archivos que bajó de la red a las 7.

El hombre en cuestión mastica en silencio a las 5. Apurado. Devorando el plato de comida caliente. Se pasa la mano por la boca a las 5, apura un trago de vino. Mastica en silencio a las 5 mientras observa extrañado a la mujer en cuestión porque alguien lo ha engañado a las 5. Alguien no le ha dicho toda la verdad. Porque la mujer en cuestión que esta sentada en la mesa junto a él a las 5 hablando de las noticias que pasaron en el noticiero de las 3 no es la mujer que se sienta todos los días en la misma mesa a las 5 desde hace 15 años. A la mujer en cuestión la han trocado por otra. Le han insertado un chip de felicidad en la nuca y la mandaron dios sabe a que lugar perdido entre el desierto de Atacama y Puerto Montt donde las 5 son las 4 y el hombre en cuestión no llega a su casa hasta las 5.
La mujer en cuestión sale de la cocina. Lo saluda al hombre en cuestión en el recibidor. Esboza una tenue sonrisa en el pasillo y sirve la comida en la mesa. La sirvienta preparó la comida en la cocina y come en la cocina. No se sienta en la mesa. Se queda en la cocina a esperar que la mujer y el hombre en cuestión terminen de comer para levantar la mesa y lavar los platos con el mismo trapo rejilla con el que limpió la leche derramada que la mujer en cuestión tiró accidentalmente sobre los cerámicos ajedrezados de la cocina. La mujer en cuestión se pasó toda la tarde pensando en el vecino nuevo. En el auto del vecino nuevo. En el asiento trasero del auto. En el miembro del vecino. En la lengua viscosa del vecino dentro de su boca en el asiento trasero del auto. Todo esto mientras el spot de la cocina indica una mancha de grasa que la sirvienta olvidó limpiar mientras pasaba el trapo rejilla luego de haber limpiado el piso de cerámicos ajedrezados de la cocina.
El hombre en cuestión mastica en silencio a las 5. Apurado. Hace que escucha a la mujer en cuestión a las 5 mientras repite mentalmente a las 5 que alguien lo ha engañado. A la mujer en cuestión la han trocado por otra. Le han insertado un chip de felicidad en la nuca y la mandaron dios sabe a que lugar perdido entre el desierto de Atacama y puerto Montt. El hombre en cuestión se ha percatado de ello a las 5 pero prefiere obviarlo y cuando termine de masticar en silencio a las 5. Apurado. Porque el plato de comida caliente se enfrío a las 5 le dirá un par de palabras para dejarla contenta y se acostará en el sillón a mirar televisión hasta las 5.
La mujer en cuestión se quedará sola en la mesa. Revolverá el plato de comida caliente que se enfría. Jugará con las miguitas del pan sobre el mantel. Tirará accidentalmente las miguitas en el piso de madera del comedor. Llamará a la sirvienta que estará todavía en la cocina comiendo y le pedirá una escoba. Barrerá las miguitas del pan que tiró accidentalmente en el piso de madera del comedor mientras piensa en el vecino nuevo. En el auto del vecino nuevo. En el asiento trasero del auto. En el miembro del vecino. En la lengua viscosa del vecino dentro de su boca en el asiento trasero del auto.




Afuera esta esperando el otro. Toca el timbre insistente. El lo observa por el portero y da el ok para que entre, aunque no quiere atenderlo.
El otro viene medio atontado, entra y sin saludar se dirige directo a la mesa. Abre la mochila y saca una notebook y se la enseña.
El lo mira desorientado y sin entender bien que sucede, pregunta:
¿y eso que mierda es?.

El otro enciende el computador. Abre una carpeta del escritorio.
Es una Mac, dice. Con sistema operativo de Mac. De las que no tiene virus. Ninguno. Sólo Windows tiene. Él, que no entiende nada, opta por oir de compromiso nomás lo que el otro tiene para decirle mientras evita que la mirada se pierda en la nada, se diluya en la nada turquesa de la pared recién pintada del departamento, auque tenga ganas.
Se calla y espera que el otro termine el discurso sobre la ausencia de virus en la Mac. Porque es amigo nomás. Le pasa el porrito.

No tengo la merca de todas formas, aclara. Aunque me gustaría poder comprarte la maquina, no tengo nada ahora.

No importa, dice el otro casi con pudor. Lo arreglamos después, dame lo que puedas.

El se acerca a la portátil para comprobar si funciona.

- Las luces son verdes y brillan en la oscuridad, dice el otro

- Me parece que vos no sabes mucho de lo que estas hablando, eh

- Puede ser, igual yo no uso mucho la notebook esta, comenta el otro.

- Claro, comenta sonriendo. Y cuanto querés por la computadora dijiste?.

- Y cien gramos. Es una computadora especial. No tiene virus. No es como el Windows.

Acaso aclara porque sabe del miedo al contagio. Porque es amigo nomás. A que alguna puta capital le manche el miembro de sangre destilada. Putrefacta. Y lo obligue a tomarse ese cóctel de mierda diaria y cagar licuado y sin dolor hasta que el culo se hace un nudo y el dolor de sentarse. Pero él sabe que está limpio. Que no lo contaminaron. Aunque esa noche, medio borracho la lamenta. Porque aunque la puta no paró de lamerle los huevos y moderle suavemente en el escroto durante mas de media hora, el debió parar y no seguir hasta que la puta lo volviera un caliente pene duro y su cabeza marchara, como cuando enciende un cigarrito de cannabis en la tarde y se desentiende. Se desentendió de todo. Demasiado. Y dejo que la puta capital le metiera el dedo en el ano para comprobar que se le hacia agua la próstata. Pero debió de cerciorarse más, antes de dejar que la puta se abriera de piernas y el la penetrara con el falo desnudo, sin latex. Cuando la puta se deshollinaba de placer. Retorcía los músculos de la pelvis. Presionaba el miembro irrigado carente de latex y aguardaba la estampida de semen la puta. El queda desentendido.

Le agrada la idea de una maquina sin virus. No contaminada.
Al fin de cuentas, el problema es el contagio, se dice.

- Igual yo no te puedo dar 100 gramos por esa máquina
- ¿Y cuanto me podes dar?
- Y 40 gramos, no más
- Bueno me conformo con 50.

Bajo el jarrón, al lado de la mesita de luz, hay un sobre con 20 gramos de merca.

Trae el sobre y se lo pasa. El otro dice que por hoy con eso quedaría conforme.

- Y al final la computadora casi ni la uso. Necesito mas la merca.
- Llevate el sobre y vemos.

Cuando el otro desaparece el se conecta a internet para probar la Mac.
Fuma cannabis durante toda la tarde mientras visita páginas porno y a la noche logra una conjunción de éxtasis y alienación que resulta intolerable. El exceso de encierro le molesta. Tampoco tiene ganas de salir. Respirar un poco el aire fresco de la noche o ir al cine a ver alguna pretenciosa película de cine arte.
Quería ver Monobloc, de Ortega. Pero no quiere saber nada con la realidad y se desentiende. Arma otro cigarrito de cannabis y se desentiende del día. Ahora que se esta escondiendo el sol y ya no hay casi sombras. Enciende el porrito y una bocanada de humo verde y se hecha en un puff a mirar con una pretensión de extrañeza como Alicia cae por un túnel imposible. Al menos Alicia no contamina. El se sumerge en una bocanada de humo y Alicia cogió a la Reina roja de encima de la mesa y la colocó delante del gatito para que viera bien el modelo que había de imitar.

La estúpida y común realidad.


En el segundo antes de morir, Roland Barthes, al ver el coche que se le venía encima, pensó que la realidad era demasiado pelotuda. Tener que morir así, atropellado por una camioneta de mierda que hacia reparto de leche. Tanto habia obrado contra la realidad, para que la realidad se le viniera encima. Y se murió puteando o eso intentó hacer. De Saki dicen lo mismo, que al morir luchando en el frente oriental, atravezado por una bala, lo último que se le oyó decir fue: Apaga ese maldito cigarillo!.
Algo que los ingenuos calificarían como broma siniestra, elucubración de campo minado, hasta de ironía; pero que creo que a Barthes le hubiese gustado catalogar de: estúpida y común realidad.
La estúpida y común realidad es una ilusión radical. Otra hipótesis cualquiera. El mundo o su representación también lo es en cierta medida, repite mi cabeza incesante mientras me detengo indefinidamente a observar como los rasgos de mi mano van tornándose oscuros, siniestros. Siniestros en el sentido lúdico de una ausencia de referencialidad frente a la incapacidad de abarcar los rasgos que se presentan ante la vista. La realidad es una ilusión radical y la repetición el vicio de los necios.
Estoy sentado en la alfombra en un aparente estado de contemplación, intentando alejarme del interlocutor aunque resulte imposible. El deseo es escapar. No percibirlos. Sin embargo están ahí. Con su botella de cerveza contaminando el aire de la habitación escasamente ventilada. El aire se me antoja más viciado que de costumbre. Los dedos de los pies van a concentrarse en un punto. Ahora es tiempo de observar los matices. Las estrías del tiempo.
El psilocybe cubensis suministrado a las seis de la tarde comienza a hacer efecto. Y pronto descubro con asombro que en la alfombra de la habitación se reproducen las líneas de Nazca. Una por una van desvelando su constancia detrás de la aparente ausencia. Son líneas. Puras líneas carentes de significado. Entonces el psilocybe cubensis comienza a hacer efecto. Las líneas sobre la alfombra adoptan la figura de un colibrí y un condor. Quiero confesárselo a alguien pero los imbéciles a mi alrededor no comprenden. Sólo quieren matarse el sábado con alcohol mientras fuman un cigarrito de cannabis y observan la sucesión del tiempo con un excesivo respeto.
Cansado de la interrupción, de que el interlocutor me impidiera el deseado ejercicio de la introspección, salgo de mi departamento y camino unas cuadras, no muchas dado mi delicado estado y al llegar a la plaza que está a tres cuadras me saco las zapatillas y disfruto del césped que ahora se ha convertido en una manta de algodón de 10 tonalidades de verde diferente. Y la pantera que me acompaña, que ignora lo que estoy pensando, casi un ausente, acaba por asentir a lo que digo. Comento – creyendome Platón dialogando con Critias – que el problema es el interlocutor. La incapacidad de salir del otro. Y aunque se trate de una obviedad la experimento con el asombro de quién la descubre por vez primera. Y la neblina verde, de doce tonalidades de verde diferente, va aclarando lentamente los residuos resinosos de mi mente.
Aclara, ignoro hasta que punto, cierto desenfocado asunto y acabo por darme cuenta de la imposibilidad de la ausencia. Incluso en la ausencia no hago otra cosa que repetirme, salir del estado y volver. Con cierto desantojado cinismo que me rodea como una aureola de fuego calmo.

Me digo que la ausencia, aunque deliberada, es imposible de constatar. Y me quedo sentado en la plaza rascándome el tobillo. La pantera se cansa, me dice que tiene que hacer y se va. Me deja tranquilo sentado en Independencia y 9 de Julio, un lunes de hora pico, con lo suicida que eso parece.
Me levanto, y como tengo ganas de mear, me acerco al primer arbusto y me descargo. Shhh, eso no se hace, malo, me grita un puto sonriente que pasa delante de mí tapándose la mano para evitar una sonora carcajada. Yo sonrío y no digo nada. Sigo meando. El puto se para en la esquina y me observa. Me mira la pija mientras me hace gestos con la boca. Se acerca. Querés que te la chupe?, me dice. Yo contesto que no, que gracias pero que no. Le digo que el intelecto es una ilusión, un laberinto roto. Y que él es el sueño del ceniciento cartonero. El puto, que esta buscando acción y no diálogo, sonríe y me dice que no, que él es campanita, que cenicienta es muy fea.
Yo me rio y me subo el cierre del pantalón. Le aclaro que mi pija no se alquila. Esto lo hace enfadar y se va diciendo que soy un drogadicto de mierda y no se que otras cosas.

En medio del flash, un super viaje cargado de hongos mágicos, comprendí que el puto era una especie de Wu-Shi. Lo que los maestros zen llaman Wu-shi. La naturalidad. Recordé lo que Barthes llama una tercera vuelta de tuerca al lenguaje. Una reinterpretación no forzada del significante. En un primer momento los putos son putos. Luego dejan de ser putos. Tercer momento: los putos vuelven a ser putos. Esto vuelve, en espiral. De la necedad a la interpretación de la interpretación a la aceptación natural.
La verdad está en la diferencia, no en la reducción. No existe verdad general. Sólo verdad de diferencia.
El puto lo comprende. Está en la esquina esperando, acechando. Sabe que alguién va a caer, que alguien va a alquilarle su pija por un rato hasta que la estúpida y común realidad se lo cargue a él tambien y muera levantadado por un camión en la esquina de Independencia y 9 de Julio o lo atraviese una pija sidosa en el campo de batalla. Lo acepta con naturalidad. Sabe que el éxito, como la muerte, están a la vuelta de la esquina.

En realidad yo quería ser odalisca


Mientras se masturbaba, entre las sábanas, le asaltó la idea. La estuvo procesando toda la mañana. Durante la ducha y en el desayuno. Que mientras la tostada se impregnaba de manteca la idea ya se había instalado en esa cabecita de novia que tiene. En la ventana, cerca del mediodía, al ver pasar a la vecinita se le volvieron a parar los pesones, pero a esa altura la idea rondaba por el bajo vientre y ya resultaba imposible que se fuera.
En el barrio la tienen como una niña decente. Trabaja duro en las mañanas. Atiende el quiosco de mamá. Y a la tarde estudia teatro en la capital. Se toma el tren de la siesta y vuelve a la tardecita. Mirando con asco el falo desproporcionado del negro sudoroso de mierda que viene con el clarín usado bajo el brazo amarillento de una camisa celeste,sucia, de colectivero, que no para de mirarle las tetas.
Mamá le insiste que se vista de otra forma, que no provoque. Que si la siguen en esas cuadras antes de llegar a la estación ella apure el paso.
Piensa que actuar es como una pequeña revolución. Un acto libertario. Como cuando en el mayo frances se metían en política. Pero eso era otra época. Había ideales. Y la juventud de ahora. La juventud de ahora trabaja por el mango. Y coge. A mas no poder cogen. Y se revuelcan en las sombras de lo que pudo ser, dice Papá. Acá lo que falta es que vuelva el servicio militar. Vas a ver. Como se acaban los vagos. Todos los delincuentes.Mamá cree que Papá se extralimita un poco. Que el vino lo pone romántico. Y vuelve a hablar del avión negro. Que cuando vuelva Perón todo. Y ella hace que escucha mientras evalúa estrategias para la tarde.

Es una fantasía recurrente en ella, eso de tratar de levantarse a la bibliotecaria. Conquistarla. Se acerca con la excusa de preguntarle sobre un libro y hace que pregunta. Para iniciar una conversación.

- Por ahora solo trabajo. No pienso mucho
- ¿A veces es necesario dejar de pensar no?
- Si. Es más fácil así.
- Si linda. Pero a la larga
- Ya sé. Pero no me queda otra.

Tiene 34 años y hubo solo tres hombres en su vida. Te diré que es aburrido aunque con este, el tercero, me estoy poniendo al día. Pero como que no me alcanza. No sé. No es que una sea egoísta pero es necesario saber que el otro responde un cien por ciento. Y no responde como me gustaría que lo hiciera. Según él me ama. Pero eso es todo. Yo quiero compartir más cosas. En fin. Es complicado. Pero al fin de cuentas una sabe lo que tendría que hacer. Dejarlo. ¿Dejarlo?. Yo lo amo. Pero en el fondo es como que me engaña. Porque casi siempre ocurre igual. Y supongo que sería más sano encontrar a alguien que pudiera brindarse un cien por ciento. Supongo que sí. Pero es difícil. Y todo el mundo me dice lo mismo. Y yo dale, ahí, en lo mismo. Y no te das cuenta y el tiempo pasa. Y nos vamos poniendo viejos.
Tiene 41 años, separado y con un hijo. Que tonta, ¿no?. Hablamos muy poco. Será porque yo soy demasiado tranqui. En apariencia soy así. Los que creen conocerme creen que soy tranqui. Pero a veces me sorprendo a mi misma. La bibliotecaria es una fantasía de muchos hombres. Pero en realidad yo quería ser odalisca.


Ultimamente se desató del todo. Cree que debe erradicar los tabúes. Ser más libre. Le gustaría aconsejar a la bibliotecaria. Decirle que debería encontrar alguien que este al cien por ciento. Nada de prestado. Los hombres comprenden cuando se le lastima el orgullo. Pero no lo dice. Calla y se arrepiente, pero no dice nada y sólo se queda callada frente a la bibliotecaría que habla y habla sin parar. Mientras ella le mira los labios con ganas de besarla.

No sé. Porque vivo para él y así me va. Y unos cuernitos no le vendrían nada mal. Pero no puedo. Lo intente y fallé. Lo deje muchas veces. Pero el siempre me busca. Me persigue hasta que me consigue.

Al final se lleva un libro de Cortazar como excusa, para que no crea que ella va por gusto nomás. Y se va camino al subte que la deja en la estación. A mamá le gustan sus ideas de artistas. Ella tambien quería ser artista. Y se escondía en la piecita de servicio a escuchar los radioteatros mientras abuelito dormía la siesta tranquilo en el catre, bajo la parra amarillenta de poco agua nomás. A punto de secarse. Caía la tarde y ya las chicharras hinchapelotas que amedrentaban el silencio ya no dejaban salir del sopor y todos sabían que la realidad era demasiado dura como para nombrarla. Ya casi son las siete. Cuando llegue a casa va a llenar la bañera. Hacer espuma. No va a conformarse con la ducha. Sabe, necesita la espuma. A la tardecita esto huele a grasa y tiene que soportar el tren lleno de negros con un olor a mierda impresionante que hacen que la vuelta sean tan intorable, como el hecho de saber que el gordo de camisa celeste que ahora esta sentado en frente, no para de mirarle las tetas.

Abrirse de piernas




La ciudad es como una mujer frígida que no quiere abrirse de piernas. Nos expulsa al mismo tiempo que no soporta vernos lejos. Es esquizofrénica y esquiva. No soporta la necesidad pero tampoco el olvido, la negación, el rechazo. Se trata de una existencia aparente, falsa. Irreal en todo sentido. No abre las piernas y sin embargo el fuego interno arde en forma latente. Se traslada hacia la sangre y la contamina. Todo el sistema se contamina de frigidez. De ansiada locura. Nos ata. Impide el que el ego se desarrolle libremente. Y nos expulsa de la misma forma. Pero siempre con el tobillo atado a una imperceptible cadena. Es tan perversa como la madre de Aquiles que le brinda una inmortalidad amoldada a los caprichos de la anatomía.

M, como la ciudad, hoy no quiere abrirse de piernas. Se ha visto las pecas y tiene miedo de contraer cancer de piel. M tiene pecas. Pequeñas pecas que le cubren casi toda la cara y parte del cuello. Son unas manchas marrones, chiquitas, que se expanden por todo el cuerpo. Pero en su mayoría se concentran en la cara y el pecho. Y en el cuello M tiene cuatro lunares y cientos de principio de lunares. Y esos cuatro lunares forman un rombo, un cuadrado torcido que indica hacia la nuca. Y en la nuca no tiene lunares.
Cuando la miro detenidamente las manchitas marrones desaparecen y pareciera que no tuviera tantas pecas. Y sin embargo cuando la vuelvo a ver ahí están las pecas. Y no es que me moleste. Creo que me gustan las pecas de M. Sin embargo cuando el sol o el reflejo de la luz ilumina su pecho las pecas marrones de M se vuelven verdes y eso me resulta desagradable.
Y si la miro mucho tiempo, detenidamente, mientras ella me habla de cualquier cosa, su rostro se torna difuso y hasta no parece humana. La miro como se miran esos cuadros llenos de puntitos que están hechos por computadora. Si uno los mira detenidamente, fijando la vista en un punto durante unos minutos, se puede advertir una figura en 3D. A veces es un barco o una palmera. Cosas simples. Cuando fijo la vista en M no veo una palmera sino la forma de una pirámide. Cuando la miro detenidamente las pecas de los cachetes se mezclan con las de la nariz y la frente y forman una pirámide tridimensional. Y ella me habla y yo asiento. Pero no la escucho. Simulo que la escucho y sin embargo estoy jugando con la pirámide tridimensional que forman las pecas en su cara. Y ella sigue hablando y yo pensando en Egipto. En las playas de Egipto. En los museos. Tutankamon. Cleopatra. Marco Antonio. El César en las Galias. El veni vidi vici del Marlboro. Y me surge la curiosidad. Porqué la gente de Marlboro puso la frase del Cesar en su logo. Tendría que averiguarlo en el google.
M me habla de algo imposible. No recuerdo. Tiene los ojos rojos. De la cerveza. M no resiste demasiado la cerveza y luego de un par de vasos se pone demasiado cariñosa y comienza a besarme el cuello. A darme pequeños besitos en el cuello. A chuparme la oreja. Y yo comienzo a excitarme. Se me pone bien dura y M lo sabe. Y continúa a propósito. Porque estamos en la plaza y pasa mucha gente y no puedo hacer nada. Pero ella insiste, le gusta jugar con mis debilidades. A todas les gusta jugar con mis debilidades. Se aprovechan de las cosquillas que tengo en la panza. Cerca de la ingle. Y cuando tienen una oportunidad aprovechan. Se trata de una pequeña venganza. De un sutil contraataque. Porque yo no las dejo actuar. Hablo y hablo hasta que las confundo. Hablo de cualquier cosa. De las poesías que escribo o mi visión del cielo y el infierno. Y a todas pareciera gustarle hablar de teología cuando se ponen calientes.
Cuando las polleritas son cortas, demasiado cortas para ocultar tanto deseo sublimado.

Nadie puede decirte que te ama y al mismo tiempo decirte que rechaza todo lo que tu existencia significa. Eso no es amor, es mero capricho. Ama lo que proyecta en tu existencia. No tu verdadera existencia. Nadie que quiera retenerte, que quiera cambiarte, realmente te ama. Ama lo que haces sentirle, la forma en que destruyes sus creencias sobre el mundo.

Llueve

(soundtrack: Time Pink Floyd)



Alguien se inventa un encierro, se evade. Luego acaba por acostumbrarse al encierro. A lo tranquilizador que se le antoja el encierro, a la falta de movimiento, a los límites perfectos. Se evade y con ello construye el microclima que lo adviene del movimiento, de la velocidad, de la acción. Se recluye y con ello destruye todo un entramado construido a lo largo de los siglos. Y se ríe de ello. Lo destroza de la misma forma que puede destruirse una estructura de dominó, tras una ínfima pulsión. Un golpe casi insignificante.

- ¿Haces algo aparte de dormir?
- No mucho. Leo un poco, a veces. Miro algo de televisión. Nada importante.
- ¿Pero no te molesta hacer nada?
- ¿Hacer qué? No hay mucho para hacer en realidad.

Llueve. Pero no importa. Están sentados en una especie de living esperando que la lluvia cese. Pero no para. Disminuye un rato y luego vuelve a arreciar con todo. Con furia. Mira el reloj. Ambos miran el reloj a cada rato mientras se toman la molestia de construir un diálogo interesante. Algo que haga pasar el rato. Al menos hasta que la lluvia cese. Pero no para.

- No va a parar.
- No. Por lo menos va a llover un rato largo.
- Si.
- …

- ¿Viste la película de la que te hablé?
- No. No la pude sacar. Estaban todas alquiladas. El video es una mierda.
- Si. Lleno de películas al pedo. Nunca encontrás nada.
- Si, cierto.
- ….
- Vi la última de los muertos vivos. La comedia inglesa.
- ¿Está buena?
- Si, no sé. Es divertida. Que se yo. No es tan buena como pensé. Igual me gusta cualquier película que sea de muertos vivos.
- A mí me gustan las películas de vampiros.

El le pregunta si ese “sin bajar a la calle” es literal y ella le contesta diferido que claro que es literal. Que no baja las escaleras por temor a contaminarse con el afuera. Afuera es un inmenso abismo y yo me pierdo. Y no quiero perderme. Afuera está la gente. Esperando. Que yo salga. Que asome mi cabeza por la puerta. Para devorarme, dice.

- Me vas a dar un beso?
- ¿Por qué?
- Porque te quiero dar un beso. Que se yo. Me gustas
- Ya sé

Se acerca. Le da un beso. Pero ella no abre bien la boca. Como si no supiera besar. O si temiera hacerlo. Y cada cierto tiempo le muerde el labio inferior pero con timidez. Y tiembla. No le dice nada. Pero sabe que tiembla. La toma de los brazos y luego acerca la boca al cuello: ¿y si te muerdo?

Ella no sale a la calle. Mira los eclipses de luna a través de Crónica Tv y fuma. Fuma interminables cigarrillos mientras el efecto del cannabis se despega de su cabeza. Una masa pegajosa se impregna en su cerebro y ella la va quitando despacito con una trincheta. Luego lo junta todo en una bolsa y lo tira al basurero junto con los restos de papel higiénico impregnados del semen de Uriolac.
Llueve, y la ventana del monoambiente se impregna de amargura.
Tan solo resta sentarse en el sillón, armar un porrito, encender el televisor. En Fox pareciera que Los Simpsons están a toda hora. Abrir una bolsa de snack. Esperar que la lluvia pare. Para cerrar el ciclo de fluidos.

- ¿Salir?, ¿Para qué?, ¿no ves que llueve?

Ella acaba por acostumbrarse a todo. Acaba por transformarse. Dice que el tiempo es un perverso minimalista. Un dios ausente. Que no es. Que es vacío. Que es fracaso + olvido. Sólo devora. Y uno acaba. Devora las extremidades, las proyecciones. Y de uno quedan restos, imprecisiones. Y un día te despiertas y comprendes que has envejecido diez años y todavía llueve.

El Freud


Con todas hago lo mismo. Y todas o la mayoría de ellas creen que se trata de una excentricidad. De un fetiche para evitar el aburrimiento o la rutina de copular siempre de la misma forma. Pero no se trata de eso y me gasto en explicarlo. Que las botas sobre la pantorrilla. Los pantalones largos. Que las zapatillas media caña. Pero no lo entienden. Creen que se trata de una locura mía. Eso de buscar mujeres que tengan los tobillos cubiertos. Una mujer frígida, pseudo-psicóloga, me dijo en una oportunidad que era un perverso. Me había descubierto mirándole los tobillos mientras dormía. Pasando mi mano sobre la superficie para comprobar que no existía ninguna marca. Que no tenía las alitas cortadas como L. A todas les parece cuento. Una mera excusa delirante. Vos no podés ser simple. No te conformás con estar con alguien que te guste. No. Siempre te las arreglas para hacer algo para alejarla. Tenés miedo a afrontar una relación. Sos tan inmaduro.
Soy un boludo estructurado. Ya me lo había dicho L antes de marcharse. Antes de desaparecer sin dejar siquiera una nota.
No soporto que me hable de Totem y Tabú. De fetiches y perversiones. No soy estúpido. Sé muy bien de que se trata. Aunque no quieran creerlo. A la mayoría ni siquiera les explico. ¿De todas maneras como podrían entenderlo. Cómo podrían aceptar que existe un Hermes. Que debo buscar las alitas que me saquen de la melancolía?
No soy un perverso. No me excitan los zapatos de tacón. Tampoco la idea de usar bragas. Trasciende esa idea elemental. Precaria. Es algo mucho más significativo. Pero la zorra no quiere entenderlo: prefiere insistir en su necedad pseudo intelectual. Según Freud esto. Según Freud lo otro. A la mierda con Freud. Freud me chupa la pija. No se trata de otra cosa que una extensa y divertida literatura.
Buscamos como obsesos ocultarnos detrás de una mitología. De cualquier mitología. Algo que nos diga que hacer. De que manera actuar. Porque razón las cosas suceden de una manera y no de otra.
Es un engaño absurdo. Una ilusión siniestra. Tan siniestra como agradable.
Es difícil de entender. Lo reconozco. Sin embargo detrás de toda aparente mitología debería ocultarse algo. Algo certero.
Veo pasar adolescentes con uniforme de colegio. Polleras muy cortas. Bragas blancas. Inmaculadas.


Saltan. Sin importarles que observe sus bragas. Se agachan. Buscan algo en el piso. Las observo. Las registro silenciosamente. Me pregunto si ya conocen lo que es el desamor. Si alguien ha destruido ya la idea del amor que sus mentes diminutas han construido a lo largo de los años. Ellas intuyen el amor. Lo construyen a partir del intercambio cotidiano. Se arman una idea de lo que podría ser el amor. Idealizan a alguien. Luego ese alguien. U otro cualquiera. Ejecuta el obligado ejercicio de destruir su idea. Uno siente la responsabilidad de hacerlo. Deben modificar su estructura. No pueden seguir pensando para siempre que existe el amor. Que alguien. Una idealización de persona. Vendrá a rescatarlas de la catarsis cotidiana con una ofrenda decorosa. Uno se siente obligado a detenerlas. Sacarlas un instante de su ilusión de felicidad y decirles. De la manera más sutil posible. Que no. Que aquello que ellas esperan no existe. No hay tal cosa. El amor. Esa idea absurda. Que ellas han construido a lo largo de los años. Que ese intercambio cotidiano que realizan es imposible. Inabarcable. Que deben conformarse con la idea de copular para no auto destruirse.
Pasan polleras muy cortas. Bragas blancas. Inmaculadas. Saltan. Sin importarles que observe sus bragas. Se agachan. Buscan algo en el piso. Las observo. Las registro silenciosamente. Al principio no quieren creerlo. Miran desorbitadas. Como si la idea que acabo de transmitirles les resultara tan extraña que no pueden vislumbrarla. Se vuelven reticentes. Por una simple necesidad humana de negar infinitamente. De proseguir en la ilusión. Para no sentirse vacías tan temprano. Pero al final ceden. Y caen en la cuenta de que lo que digo al fin y al cabo no es tan raro. Que quizá aunque parezca un loco tenga razón. Caen. Caen todas como moscas.


Coupland

(soundtrack: Fast Car - Xiu Xiu)


Caminando por el centro de Buenos Aires me encontré, sin buscarlo, con Planeta Shampoo de Douglas Coupland. No le di demasiada importancia al libro, incluso lo olvidé por un tiempo. Luego quise comprarlo pero ya no estaba. Recorrí todas las librerías de viejo de Corrientes sin recordar el preciso lugar en el que lo había visto, .revuelto junto a novelas policiales de Agatha Christie y bestsellers de Sydney Sheldon. Entonces me resigné por un tiempo.
Caminando por Corrientes volví a ver Planeta Shampoo de Douglas Coupland, ahora expuesto en la mesa de saldos. Entonces no dudé y compré el libro.
Word asume una actividad esquizofrénica.Al escribir por vez primer Coupland el word la convierte automáticamente en copulan y genera un nuevo significante. Aunque nada es por azar, tampoco era mi idea fornicar sobre el libro.
Peinamos la merca sobre Douglas Coupland. La tarjeta de crédito se desliza sobre la tapa dura. Dejando dos marcas. Dos líneas impuras que ahora la nariz aspira impunemente. Cruzamos miradas. Algo en el ambiente no funciona como debería. L nos mira divertida. Ahora L se pone a juntar la ropa tirada sobre la cama. C me mira y sonríe. Complicidad para formar parte del ritual de devorarse. Entonces peinamos la merca sobre Douglas Coupland. Ninguno de los tres lo ha leído. Pero no importa. El polvo importa. La nieve blanca ascendiendo por la nariz. La nariz hinchada de superioridad. El resto. El resto es una excusa. Y L se sienta sobre la cama ya hecha y nos mira. Sonríe. Busca mi complicidad. Yo me niego. C no. C se pierde en la ruina de una sonrisa que la sumerge profundamente en un silencio que tan sólo dura dos segundos. Nada puede durar más de dos segundos.
Entonces tomo una tarjeta de crédito y doy inicio al ritual de dividir en dos la materia. La merca se desparrama sobre la tapa dura. Es el corte primigenio. Ambas celebran el ritual de devorarme.

El dedo intruso. Introducido en la nariz. Revuelve. Remueve los restos que acabarán en las encías. Sangran. Las encías cuando el cepillo de dientes intenta reducir el sarro. Amarrillo sobre blanco. Nuevamente blanco sobre amarillo. Dientes revueltos en el caos de un dedo intruso que frota insistentemente. Nervioso. La curva enraizada que se deja entrever sobre los frontales. C cambia de música. Pone Fast Car de Xiu Xiu. Entonces todo cambia. Se torna más cursi. C me mira. Mira con deseo. C expande las pupilas. Lo negro inunda mi cabeza. Hace que desconfíe un instante de mis sentidos. Ahora que todo se ha tornado más confuso pero agradable. Porque me miro en el espejo y la imagen. La reconstrucción de mi rostro que se reproduce en el espejo me agrada. Siento la voluntad surgir alrededor de los párpados. El corte de la cara se afina. Digo Goodbye Bartleby. C sabe que de alguna manera todo acabará por sucederse. Que Bartleby desaparecerá por inercia. Y todo. Completamente todo. Se reconfigura. Para dar lugar al otro ritual.
Existe la forma. Luego no existe. Dejé correr el flujo mental. La idea.
C está tirada en la cama, observando el delirio que se reproduce a mi alrededor. Cuando los dedos tocan insistentemente el teclado sin saber muy bien por qué motivo. Está tirada en la cama y observa. La mano que borra las letras que no logran traducir una idea en concreto. Plagado de signos. Decido borrarlos. Poco a poco. A todos. Existe un punto de no retorno. Entonces se cruza el umbral. Uno sabe que no puede detenerse. Dar la vuelta y continuar. Como si nada hubiera pasado. Nada o todo. No hay retorno. Entonces uno debe entretenerse. Al menos escapar un instante de la idea. Del falso continium. Del horror que produce la sucesión del tiempo. El tiempo como medida física. El tiempo como voluntad proselitista.
C tirada en la cama. Me mira con deseo. Con su mirada inquisidora me advierte un futuro apremio. Entonces vuelvo a pensar en Coupland. En lo gracioso que resulta peinar la merca sobre un libro que ninguno a leído. Se lo transmito. La inevitable construcción resultado del continuo repicar del teclado. De que un libro. Cualquier libro. Además de nombrar. De narrar la banalidad desde un título arbitrario. Sirve también como vehículo a la autodestrucción.
Esa idea, el acto de desestimar el libro sin haberlo leído, le produce gracia. Sobre todo por mi acostumbrado vicio de quejarme constantemente de todo. Entonces esboza una sonrisa. Me mira. Me transmite a través de los ojos negros que inundan de negro mis redes neuronales una idea: que quizá ese libro no tenga otra finalidad que servir de soporte a mi descargo, y que acaso nunca debiera leerlo, por el simple hecho que tal vez encierra la respuesta que no quiero descubrir. Entonces me río de tamaña asociación producto de su mente atiborrada de nieve. Y sonrío. O hago que sonrío ya que mis facciones duras de merca no pueden estirarse más que micronésimas de centímetros.
C se cansa. La noche cede. Se consuela con mirarme por última vez, toma su billetera y sale de mi departamento. Acabo de encontrar un final para la historia, que en realidad es un final ilusorio, caprichoso, y me tiro a dormir pensado que quizá todo esto no sea otra cosa que el eterno vicio de repetirme. Mi vida es una fuga.

Woolf

Ahí está su Orlando que corre excitado hacia el cuadrado de alambre de púas que delimita el campo. Y las vacas. Se acerca y aunque se toma un segundo para recuperar el aliento. Y su corazón que comienza a latir un poco menos fuerte. Se acerca y le dice: Escúcheme Don Borges. Anoche se me enfermaron dos vacas, vea.
¿Cómo dejo que suceda? Dice el otro. Encárguese de buscar al veterinario. Y cuide bien. ¿No se habrá contaminado con mierda el agua supongo?
No lo sé con seguridad, Don Borges. Pero que enfermaron, enfermaron, de eso estoy seguro.
Mire Arlt, le seré sincero. A mí en realidad me importa poco si es por la mierda o es otra cosa. A mí lo que me importa es que la mierda no se note. ¿Me entendió?
Por supuesto, Don Borges. ¿Pero que hago ahora con las vacas?
Junte la mierda Arlt y preocúpese de que esto esté limpio para la tarde. Tengo invitados.
Como usted diga, patrón.
Ahí está su Orlando juntando la mierda con pala. A la noche invitados y que no quede nada de mierda porque el patrón… Pero entre el sol que da en la nuca de las dos de la tarde y el olor a mierda alrededor, Arlt no sabe bien si pensar en la mierda que junta con pala o en las vacas que se están enfermando. De a dos por noche. Quizá porque al patrón no le preocupa en lo más mínimo que se enfermen las vacas. Al patrón le importa una mierda las vacas. Al patrón le importa que la mierda no se vea. Porque a la noche invitados.
Pero la mierda, sabe, la mierda vuelve a salir y por el mismo agujero. Es más, por el mismo agujero que gusto de penetrar por las noches.
Ahí está su Orlando juntando la mierda con pala. Esperando que baje el sol y vuelva la L. Que vuelva porque sino la mato. Entonces sí, que tristeza, verla a la L tendida en el pasto. Con la bombacha a la altura de los tobillos, sacando el culo para afuera y yo intentado penetrarla. La L se deja pero apurada. Prepoteada por el Orlando que no deja de juntar la mierda con pala. Que cuando está tirada en el césped, con la bombacha a la altura de los tobillos, yo la patoteo para penetrarla. Le exijo que saque el culo para afuera, porque si no, no entra.
Ahí está el Orlando juntando la mierda con la misma prepotencia, tenacidad diría, con que a la noche habrá de penetrar a la L pero casi con temor. Porque a veces el miedo es más grande que una casa. Y entre el viento de la soledad. Y la pampa. A veces el Orlando tiene miedo de sacar con mierda su pene. Porque entonces tendría que pegarle y ya la L no sé si le aguante otra golpiza cuando hay tanto macho suelto. Suerte que el patrón ni se fija. Ni se anima a arrimarla. Será que tiene miedo el patrón. Será que ya no puede. Son los años, acusa. Pero a mi me parece. El tiene la sospecha. De que no le para. No le para el pene al patrón. Entonces yo que no soy el patrón pero si me para el pene. A la mierda. A la mierda que se junta con pala para los invitados del patrón. No se le para el pene. Pero como habla.
Quizá al patrón si se le para el pene. Pero cuando se le arrima otra cosa. Jeje. No, si yo me imagino. No lo piense mal. Pero el patrón no puede. Junta mierda nomás. Tiene el culo lleno de mierda y necesita una pala. Una pala grande fíjese. Pero como no puede.
Al patrón se le hinchó el vientre. Es que de tanto mirar la pala y no usarla. Se le llenó de mierda. El culo que va a ser. El culo se le llenó de mierda y ya no hay pala. Pero las vacas siguen descargando mierda y me voy a apurar porque invitados.
Ahí está el Orlando juntando la mierda con pala mientras el patrón desde la ventana. Mira el patrón vigila. Lo que el Orlando hace con la pala. Lo vigila porque es mañoso con la pala y no hay que darle ideas. Que si se avivan con la pala nos entierran a todos.
Mire don Borges. Ya junté toda la mierda. Ahí en la bolsa junto a la pala. Toda la mierda. Y las vacas, don Borges. ¿Qué mierda hago con las vacas?
Metaselas en el culo Arlt. Trabaje.
Como usted diga, patrón. Entonces voy hasta el pueblo a llamar al doctor veterinario.
Vaya, corra, apúrese y vuelva antes de que anochezca.
Ahí está el Orlando guardando la pala sin mierda mientras el patrón desde la ventana. Mira el patrón vigila. Lo que el Orlando hace con la pala. Lo vigila porque es mañoso con la pala y no hay que darle ideas. Que si se avivan con la pala nos entierran a todos. El Orlando guarda la pala sin mierda y se limpia en el pantalón. Pero antes de irse el Orlando vuelve a entrar en el granero. Mira el patrón vigila. Cuando sale, sale fumando armado. Sale y desaparece. El patrón lo sigue hasta desaparecer el Orlando. Porque son mañosos. Hay que mirarlos. No sea cosa que un día se aviven. Dejen la pala. No sea cosa que la noche nos encuentre silenciados. Todos hombres, todos muertos.

KingSize

Tengo una garcha de veinte centímetros. Aunque no es tan grande como me gustaría que fuera nadie se ha quejado. Ni siquiera M que es una experta. Que chupa tranquilo y despacio. Te pasa la lengua por el tronco muy lentamente y luego en la puntita. En el agujerito del pene. Y luego se la pone entera en la boca. Yo no sé como aguanta la muy puta. Pero se la mete entera y no le dan arcadas. Y la chupa bien y despacio. Y yo me dejo estar. Le estiro del pelo y le aprieto los pezones. Y se ponen duros. Y los aprieto más fuerte. Y ella la chupa. La chupa despacio hasta que logra que las marcas del tronco rocen los dientes y ahí acabo. Eso me mata. Largo todo lo que tengo de una y ella lo traga. Y después quiere darme un beso. Pero me niego. Aunque la última vez tuve que besarla. Se detuvo en medio del proceso y quiso darme un beso de lengua que al principió rechacé. No, ni empedo te doy un beso. Si no me dás un beso no sigo. Vos elegís. No dudé mucho. Al fin y al cabo es mi garcha. Total después me lavo y listo. Y la muy puta se salió con lo suyo. Siempre se sale con lo suyo. Se las ingenia para destruir mi orgullo. Para reducirme de manera inteligente.
El otro día me dijo que nunca chupa una pija que no sea King Size. Al principio me reí. Me pareció demasiado gracioso. Lo del calificativo. Hasta que me preguntó: a poco que no sabes lo que es una pija King Size. Volví a reírme. Pero no sabía que mierda significaba para ella eso de King Size.
Una pija King Size no baja de veinte centímetros, afirmó. Como si estuviera exponiendo una clase de anatomía urbana. Y vos estás en el borde, pichón. Safás por poquito. No es que me sintiera orgulloso. La idea de que apenas sobrepasara el límite. Que por un mero capricho de la anatomía alcanzara para que M decidiera chuparme la pija. No sé como sabe. Porque no es que me la halla medido. Pero sabe.
Y lo hizo a propósito. Para probarme. Sabía que cuando se fuera. Lo primero que haría era ir a medirme para comprobar si lo que decía era verdad. Seguramente se fue riendo. Imaginándome con la regla entre las piernas, preocupado por que mi garcha pasara los veinte centímetros. Se habrá reído durante un largo rato o por lo menos eso creo porque al cerrar la puerta me guiño un ojo y dirigió su mirada hacia el bulto en el pantalón. Asintió y sonrió. Y se marchó silbando no sé que cosa.
Cuando se fue empecé a masturbarme. Hasta que se puso dura. Agarré la regla y me la medí. Apenas sobrepasaba el borde. Calculé que sería medio centímetro. King Size. Por medio centímetro mi garcha era una King Size y eso la hacia beneficiaria de la boca generosa de M.

Una tanga negra

Es difícil de explicarlo y das vueltas. E inventás excusas y al final respondés con una pregunta para eludir el tema de la forma más ingeniosa posible. Pero ella se da cuenta en el instante que evitás decirlo y te mira con cara triste mezcla de compromiso y consideración. Te mira triste mientras los ojos se le van llenando de agua y abre la boca. Pero pronto la cierra. Y le preguntás ¿qué?. No, nada. E insistís y los ojos se llenan de agua aún más y te da un beso. Y volvés a preguntar que ibas a decirme. Ella queda en silencio. Le cuesta sacar las palabras. Se le hace un nudo en la garganta y mientras te golpea el pecho suavemente - por que no quiere lastimarte - te grita con los ojos hinchados y el agua cayendo sobre su mejilla derecha que sos un estúpido y un frío.
En tu estúpido orgullo te quedás. Y no respondés. Sonreís y en silencio acaricias su cara. La abrazas como podés aunque el brazo derecho se te está durmiendo. Y no se trata del peso. Porque el peso es insignificante. El brazo derecho se duerme porque es muy cobarde y cómodo. Te quedás en silencio sintiendo su cara mojada sobre tus labios. Y le acaricias la espalda y rehusas explayarte. Y te excusás en la incapacidad. Soy un discapacitado social repetís y te quejas. De la falta de acción o la imposibilidad de ser feliz. Y repetís el argumento más cursi. Que no la mereces. Que tiene que buscar algo mejor. Que no querés lastimarla pero te resulta imposible no hacerlo. Y ni siquiera reparas en el hecho de que ella sabe mucho mejor que vos que todo se trata de una farsa y sin embargo prefiere seguirte el juego. Y está de espaldas y no te habla. Se queda callada y sabés que llora. Que el agua cae y la nariz se moja. No decís nada. La abrazás y en silencio le acaricias el pelo. Te obligas a darle un beso y por cobarde lo realizas. Ni siquiera te animas a contradecirte. La besas y repetís la estúpida pregunta. Si sabes bien lo que sucede y sin embargo preguntás. Y ella no contesta. Porque no es idiota. No forma parte de tu juego y lo sabes bien. No contesta porque te quiere y sabe como hacerlo.
Pero insistís. Sabés que no tenés que insistir y sin embargo insistes. Estás esperando que diga lo que querés oír. Para regodearte en el fracaso. Volvés a preguntarle. Le pedís que de vuelta. Que te mire. Le secas una lágrima junto al borde de la nariz y le preguntas lo inútil. La obviedad más obvia. Y sabés muy bien por qué llora. Y te lo dice. Te lo grita infinitamente hasta que te abraza y te besa. Y la respiración aumenta. Y la lengua intranquila vuelve a perderse en tu boca. Te lo grita infinitamente y te gusta saberlo.

Suena el teléfono. Ella corre a atender. Se queda hablando con la amiga un rato. La amiga calentona que te guiña el ojo cada vez que puede y te agarra la mano cuando están en el boliche y ella no te ve o simplemente no se da cuenta. La amiga cachonda que te excita. Que te vuelve loco por la estúpida y simplista razón de que es algo incorrecto. El peligro es excitante, dice. Ambos lo saben. No hay que ser demasiado vivo para darse cuenta y sin embargo gustan de buscarse. Hasta que lleguen a encontrarse y la desilusión se vuelva inevitable y todo no se trate de otra cosa que de un simple recuerdo. Regresa y se acuesta en la cama. Y te abraza. Te pide un cigarrillo y te da un beso. Y luego fuma. Y habla. Habla sin parar. De cosas que poco te importan. Y asentís. Porque no queda otra. Aunque seguís pensando en la amiga calentona. En la boca de la amiga. En las tetas pequeñas de la amiga. Habla. Sin parar. De cosas que realmente no tienen importancia. Luego se detiene como si hubiera reparado en una revelación. Te mira seriamente. Luego apaga el cigarrillo en la taza con agua. Te mira y la seriedad te abruma. Da miedo esa mirada que persigue tu respuesta. Abre la boca pero no habla. Se queda callada. Detenida en la duda. Y tu brazo derecho cobarde no se anima a preguntarle ¿qué? Porque intuye que el juego va empezar de vuelta y todo va a resultar interminable. Entonces en cambio realizas un escape ingenioso. La rodeás con el brazo izquierdo mientras el derecho se encarga de alejarla de la inevitable pregunta. Al brazo ciego que oficia de servil estrategia le repugna pero no puede evitarlo. Y la alejás de la idea. La respiración aumenta. Y la lengua intranquila vuelve a perderse en tu boca. La respiración se vuelve incontrolable. Y los sentidos se atontan y el brazo ciego se olvida de todo y busca a tientas un seno debajo de la musculosa amarilla.
Se olvida de todo y no lo culpo.

Abrís los ojos. El sol se entromete por la ventana. La persiana está entreabierta y no podés dormir. Y que carajo. Son las siete. O el reloj de mierda se atrasó otra vez o son las siete. Pero no parece. Te levantás muy lentamente. Para no hacer ruido y despertarla. El boxer está tirado debajo de la cama. Tenés que estirarte para alcanzarlo y también las medias. El sol se entromete por la ventana. Pero no pueden ser las siete. El pantalón y las llaves. ¿No te olvidás de nada?. La billetera. Te parás en